La Solidaridad Da un Paso Atrás

El movimiento obrero debe elegir entre una unidad más profunda y una conciliación miope

Marcha de Justicia para los Conserjes en Santa Mónica, 2008 (Wikimedia)

This is a Spanish translation of Luis Feliz Leon’s article “Solidarity in Retreat.”

Decenas de millones de trabajadores quieren un sindicato. La encuesta nacional más reciente, de 2017, concluyó que casi la mitad de todos los trabajadores no sindicalizados en Estados Unidos se afiliarían a uno si pudieran. Pero nadie sabe con certeza qué podría impulsar la escala de nueva organización necesaria para satisfacer esta demanda, por lo que los partidarios aprovechan cualquier señal alentadora de resurgimiento del movimiento. A los periodistas laborales les gusta hablar sobre el índice de aprobación de los sindicatos, que según las encuestas Gallup de los últimos años  ha rondado el 70 por ciento, el índice más alto en casi seis décadas. Pero en ese mismo periodo, la proporción de trabajadores sindicalizados en el sector privado ha desplomado de 30 por ciento en 1965 a un abismal 6 por ciento hoy. Los sindicatos son históricamente populares, pero también históricamente débiles. Sin un cambio radical a favor de los trabajadores, el hecho es que los empleadores aún pueden pasar por encima del 94 por ciento de los trabajadores en el sector privado—sea la que sea la opinión pública.

La situación es casi la inversa de la que se vivió en el auge del momento obrero a mediados del siglo XX. Como ha señalado la historiadora Toni Gilpin, “Cuando el movimiento obrero alcanzó su máximo poder, en los años 1940 y 1950, los sindicatos no eran necesariamente ‘populares’—eran temidos.” Desde los “capitalistas del ápice” a “propietarios de pequeñas empresas y la clase media”, “mucha gente … vio al movimiento obrero como una amenaza.” Sin duda, los sindicatos eran tan denigrados por los empresarios en 1955 como lo son en 2025. La diferencia ahora se trata del balance de poder: a medida que el movimiento obrero se ha debilitado, la relación de los empresarios con los sindicatos ha pasado de una aceptación reticente a un dominio indiscutible. Como dijo una vez Bertolt Brecht, “Se necesita valor para decir que los buenos fueron derrotados no porque fueran buenos, sino porque eran débiles.”

Y, para adaptar una vieja letra del blues, el movimiento obrero ha estado en declive durante tanto tiempo que el leve aumento reciente en huelgas y campañas sindicales puede parecer una mejora. Más de medio millón de trabajadores salieron en huelga en 2023, rechazando los bajos salarios y los contratos de mala calidad, y “más huelgas se convocaron … que en cualquier otro año desde 2002,” según un informe de Bloomberg. Por muy alentadoras que sean estas cifras, también deben ser consideradas en perspectiva: cinco millones de trabajadores salieron en huelga en los doce meses después de la segunda guerra mundial: en el año 1970 hubo cerca de seis mil huelgas en las que participaron tres millones de trabajadores. Mientras tanto, la tendencia de organización laboral, y de la financiacion para nuevas campañas, aun va en declive, aunque los trabajadores de color y los jovenes estan liderando el aumento de los paros laborales y las elecciones sindicales. (El sindicato United Auto Workers, (UAW), bajo presidente Shawn Fain es una excepción que confirma la regla, ya que ha comprometido 40 millones de dólares para nuevas campañas.)

Aun así, estos obstáculos son solo una parte de la historia. El futuro del movimiento obrero también se decidirá por su respuesta a un ambiente político reaccionario y por su capacidad de superar dos dinámicas siniestras y mutuamente reforzadoras que están en juego en el movimiento: la colaboración oportunista con el trumpismo por sectores, y la adopción de una agenda nacionalista de “Estados Unidos primero” dirigida a los trabajadores inmigrantes. Si no se controlan, estas fuerzas prometen fracturar aún más el movimiento obrero al dividir a los trabajadores nativos de los inmigrantes y consolidar una afinidad tenue entre la ira de la clase trabajadora y el movimiento MAGA, desviando la frustración económica hacia una coalición populista de la extrema derecha. Ahora es el momento de elegir entre una unidad de clase más profunda o la conciliación miope con los agentes de poder trumpistas. 

Sin embargo, las raíces del problema son más profundas que el momento político actual. Las fuerzas del nacionalismo, el nativismo y el proteccionismo siempre han estado presente en distintos grados en el movimiento obrero estadounidense; pero la amenaza actual de la retirada solo se puede entender en el contexto del prolongado declive organizativo de los sindicatos estadounidenses durante el último medio siglo, bajo presiones tanto externas como internas.


Hasta con casi 11 millones de trabajadores recién organizados en industrias de producción en masa entre 1935 y 1947, la densidad sindical total en Estados Unidos jamás ha superado un tercio de todos los trabajadores no agrícolas. En números absolutos, la membresía alcanzó un máximo de 21 millones en 1979. “Fue irónico que un movimiento obrero de tan modesto tamaño—el porcentaje más pequeño de trabajadores organizados en cualquier nación industrializada—llegara a ser conocido, entre todas las cosas, como “Big Labor”, observaron James J. Matles y James Higgins, trabajadores de talleres mecánicos y astilleros, y de los primeros líderes del sindicato United Electrical Workers, en su historia del sindicato, Them and Us (Ellos y Nosotros). Escribiendo en 1974, Matles y Higgins observaron un movimiento obrero que ya estaba en dificultades. Unos años después, un asalto de la derecha lo dejaría de espaldas. 

Los primeros golpes los dio la desregulación del transporte por carretera, los ferrocarriles, las aerolíneas, y otras industrias clave a fines de los años 1970 bajo el presidente Jimmy Carter. Otro momento decisivo, como Jane Slaughter, Kim Moody, y otros han escrito, fue el rescate gubernamental de Chrysler en 1979. Durante décadas antes del rescate, la expectativa en todos lados había sido que mientras crecía la productividad y las ganancias, los trabajadores sindicalizados recibirían aumentos salariales bajo cada contrato nuevo. Cuando, como parte del rescate federal de la empresa automotriz, los líderes de lal UAW rompieron este patrón al aceptar un recorte salarial sin precedentes, ayudaron a poner en marcha la larga retirada concesional del movimiento obrero. Las concesiones del rescate, me dijo Moody, demostraron que “en todas las industrias … si se puede derrotar al más fuerte, los otros seguirán.” Apenas unos años después, la decisión de Ronald Reagan de despedir a miles de controladores aéreos en masa, junto con la derrota de los mineros de cobre en Phelps Dodge en Arizona y Texas, tendría un efecto paralizante sobre la actividad huelguística durante las décadas de 1980 y 1990. En el primer mandato de Reagan, mientras la economía perdía puestos de trabajo en la mineria, la construccion, y la industria manufacturera, la membresía sindical se redujo en 2,8 millones, y la densidad se desplomó del 23 por ciento en 1980 a 18.8 por ciento en 1984. Durante décadas, el número anual de huelgas no había bajado de doscientas, señalo Moody, pero en 1985, el número colapso a solo cincuenta y cuatro. En las cuatro décadas siguientes, el declive anual de membresía sindical se ha desacelerado, pero nunca se ha detenido, y mucho menos se ha revertido. 

Hoy en día, los trabajadores se enfrentan a esta disminución de poder con cada nueva campaña sindical, incluso en un mercado laboral históricamente ajustado, y, hasta recientemente, una Junta Nacional de Relaciones Laborales (NLRB, por sus siglas en inglés) amistosa bajo presidente Joe Biden. Como me dijo Paul Blundell, un organizador en un almacén de Amazon cerca de Filadelfia, “la lentitud de los procedimientos de la junta … y la drástica falta de financiación de la agencia” significan que para los trabajadores “escasamente se les han resuelto las cargas por las prácticas laborales injustas de por sí.” Esto a pesar de los mejores esfuerzos de la asesora general del NLRB, Jennifer Abruzzo, a quien se le ha apodado “la escritora de memorandos” por sus decenas de memorandos defendiendo los derechos laborales en temas como las reuniones anti-sindicales forzadas, las amenazas y coerción de los empleadores, los derechos de los trabajadores inmigrantes, y la vigilancia de los trabajadores. Abruzzo y la miembro del NLRB Gwynne Wilcox fueron despedidas por Trump el 27 de enero—ilegalmente en el caso de Wilcox, ya que su mandato no iba a terminar hasta agosto de 2028. Mientras tanto, los dos hombres más ricos del mundo, Elon Musk y Jeff Bezos, han presentado casos en el Tribunal del Quinto Circuito impugnando la constitucionalidad del NLRB, que ha sido consagrada bajo la ley desde 1937. Ahí donde los trabajadores han logrado avances organizativos, sus empleadores—desde corporaciones como Starbucks, Trader Joe’s y Waffle House hasta organizaciones liberales sin fines de lucro como la Sociedad Audubon y la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles—se han sumado a la ofensiva antilaboral.

Hasta las campañas mejor defendidas tienen problemas ante estos ataques. Los trabajadores por lo general apoyan una campaña sindical hasta que el jefe intensifica su campaña para aplastarla mediante una combinación de desinformación, intimidación, y falsas promesas. (Esta es otra razón por la cual las encuestas de popularidad no son buen terreno para lanzar una campaña sindical audaz.) Y ya que los sindicatos han ganado una posición frágil en Amazon, el segundo empleador privado más grande en el país, la compañía ha ajustado sus tácticas en consecuencia. El ejemplo del organizador de Amazon en Staten Island, Chris Smalls, señaló Blundell, demostró a los ejecutivos que “despedir al líder equivocado puede ser contraproducente en gran medida.”1 En lugar de tomar represalias directas contra los empleados, Amazon ha hecho cada vez más llamamientos cínicos a sus propios intereses. Dale Wyatt, un trabajador de Amazon en Bessemer, Alabama, me dijo en 2022 que uno de los consultores antisindicales contratados por la empresa había sacado a luz un contrato antiguo que la Unión del Comercio Minorista había negociado en otro lugar de trabajo, comparado desfavorablemente a sus salarios y beneficios con los existentes en Amazon, como evidencia de que los trabajadores estaban mejor sin un sindicato. 

Cualquier organizador sindical podría contrarrestar estos argumentos con detalles sobre las protecciones contractuales y la capacidad de obtener salarios más altos en los ciclos de negociación subsiguientes. Pero los consultores antisindicales se han aprovechado de una dura verdad; nadie se quiere unir a un sindicato débil que negocia contratos de mala calidad. Esta tendencia se refuerza a sí misma: los trabajadores que ya forman parte de tal sindicato no apoyaran a campañas sindicales nuevas si no tendrán efecto significativo en su propio poder cotidiano en el trabajo. “Si los miembros existentes no confían en el poder del sindicato para mejorar sus vidas, su apoyo por campañas externas se vuelve más limitado,” escribieron los veteranos organizadores sindicales Peter Olney y Rand Wilson en 2015. Con la densidad sindical acercándose al piso en 2015 en sectores claves, los sindicatos no pueden esperar cumplir con su misión básica de sacar a los salarios de la competencia: los empleadores no sindicalizados pueden sovocar a las empresas sindicalizadas con peores sueldos, manteniendo el piso bajo para todos los trabajadores de un sector determinado.2

En 2023, la huelga de pie de la UAW, con sus audaces movilizaciones y lucrativas ganancias salariales, señaló una salida a esta espiral descendente. Para ganar estos contratos históricos, el sindicato combinó una estrategia sectorial—dirigida a la industria automotriz en el sur, en gran parte no sindicalizada—con el movimiento orgánico generado por una huelga contra los tres grandes fabricantes de automóviles, haciendo públicas las campañas cuando los lugares de trabajo ya habían logrado una masa crítica de apoyo. Si los sindicatos alguna vez reconstruirán su capacidad para sacar a los salarios de la competencia, comenzará con campañas sectoriales que son a la vez dirigidas de forma inteligente, y arraigadas en la organización de trabajador a trabajador. 

Pero demasiadas campañas intentan eludir este trabajo lento y duro, simplemente lanzando a los organizadores a un lugar de trabajo estratégicamente importante, a pesar de las condiciones ahí. “Una campaña de arriba hacia abajo no puede conjurar el deseo militante para un sindicato de la nada”, señala Richard Yeselson, un escritor y ex estratega sindical. Al otro extremo se encuentra la organización en “lugares de trabajo calientes”, en que los trabajadores ya agitados invitan a un sindicato a organizarlos, y el sindicato los acepta como nuevos miembros. Este modelo de “sindicato general de trabajadores” puede conducir a fusiones de sectores dispares y desconectados, debilitando el poder sectorial al perseguir el dinero facil de las cuotas sindicales. La huelga de pie ofrece un modelo para una estrategia de organización más comprensiva, una que aprovecha las fortalezas de la organización por sector y los enfoques de impulso, y al mismo tiempo se protege contra sus riesgos. 

“Es lo que estamos viendo, de diferentes maneras, en las corporaciones automotrices y en Starbucks,” me dijo Yeselson.

La UAW demostró por primera vez su poder e inteligencia en una gran lucha por un contrato, atrayendo a los trabajadores en lugares de trabajo no sindicalizados, que el sindicato ahora apoya y capacita. En respuesta a la arrogante dirección que impone pésimas condiciones de trabajo, los trabajadores de Starbucks generan un entusiasmo orgánico y de base por los sindicatos, y SEIU proporciona el apoyo logístico de abogados y personal de comunicaciones. Resulta que los “lugares de trabajo calientes” expresan la energía y la inteligencia de la clase trabajadora, y el sindicato puede entonces intervenir y fortalecer e institucionalizar esa solidaridad.

Los consultores anti-sindicato—observadores fieles de los puntos fuertes y débiles del movimiento obrero—se han dado cuenta. El bufete de abogados Littler Mendelson, especializado en temas de gestión, advirtió en un reporte en 2022: “Lo que antes era un enfoque de arriba hacia abajo, mediante el cual el sindicato buscaba un grupo de individuos, ha cambiado por completo. Ahora, los individuos se están uniendo para formar movimientos de organización de base en los que los empleados individuales son los que invitan a la organización laboral a que los ayude en su búsqueda de representación.”


A menudo, se considera que estas fuerzas, tanto externas (el ataque neoliberal a los derechos laborales y los trastornos estructurales de la desindustrialización) como internas (el malestar organizativo y el repliegue concesional) son las principales causas de la decadencia del movimiento obrero y las barreras a su resurgimiento. Sin embargo, el movimiento obrero estadounidense también se ha visto obstaculizado por su postura conflictiva y a veces hostil hacia los trabajadores nacidos en el extranjero. Este problema no es independiente de la democracia sindical y el poder de los trabajadores de base: si la causa de la clase obrera no se detiene en las fronteras nacionales, tampoco nuestra organización. Una solidaridad dividida no cuenta para nada. 

Para superar estas divisiones, es necesario analizar con seriedad la historia. Desde el apoyo a la Ley de Exclusión China de 1882, a la repatriación de mexicanos y los disturbios anti filipinos en la época de la depresión, a las deportaciones masivas de trabajadores agrícolas mexicanos, denominada Operation Wetback, los sindicatos estadounidenses han sucumbido con demasiada frecuencia a la tentación del nativismo. Los líderes sindicales han fomentado en ocasiones el resentimiento de los blancos y se han aliado con legisladores racistas en nombre de la protección de los trabajadores nativos. A principios del siglo XX, la corriente conservadora dominante de la dirigencia sindical vio a los inmigrantes como una amenaza total. “La civilización caucásica dará a entender que no se debe interferir en modo alguno con su proceso de elevación,” escribió Samuel Gompers, presidente fundador de la Federación Estadounidense de Trabajo en 1905. “Los caucasicos no van a dejar que sus condiciones de vida sean destruidos por negros, chinos, japoneses, o cualquier otro.” Estas reacciones no son cosa del pasado lejano: en 1982, el AFL-CIO apoyó un proyecto de ley en el congreso que persiguió a los trabajadores indocumentados al multar a sus empleadores. 

Aun así, sectores claves del movimiento obrero se han mostrado más receptivos a los trabajadores inmigrantes. El AFL-CIO terminó abandonando su apoyo por el proyecto de ley bajo la presión de defensores latinos y líderes comunitarios. En 1990, SEIU organizó a ocho mil trabajadores de limpieza inmigrantes en Los Ángeles como parte de la histórica campaña Justicia para los Conserjes, que obtuvo reconocimiento sindical incluso frente a asaltos brutales policiales contra los trabajadores en huelga. En 1992, el sindicato de carpinteros organizó a más de dos mil trabajadores de paneles de yeso, en su mayoría nacidos en México, en todo el sur de California.3 En 2000, el consejo ejecutivo de la AFL-CIO votó a favor de respaldar una vía hacia la ciudadanía para los inmigrantes indocumentados. El sindicato United Farm Workers (trabajadores agricolas unidos, UFW por sus siglas en ingles) ha enmendado su ignominiosa operacion de “linea mojada” en 1973, cuando piquetes armados atacaron e intimidaron a inmigrantes indocumentado cruzando la frontera durante una huelga en Yuma, Arizona; y en 2006, la UAF apoyo las marchas masivas del Primero de Mayo por los derechos de los inmigrantes—una huelga politica que paralizo a multiples industrias.4

Pero este consenso ampliamente pro inmigrante, construido a lo largo de décadas, ahora amenaza con desmoronarse. Para proteger derechos frágiles en un ambiente hostil, partes del movimiento laboral se están atrincherando detrás del nativismo—hasta si significa aliarse con fuerzas abiertamente anti-obreras. Ningún sindicato mejor encarna esta dinámica contradictoria que los Teamsters bajo el presidente Sean O’Brien. En enero, Trump habló en la sede nacional de los Teamsters en un esfuerzo para asegurar el apoyo del sindicato. (Al final, el sindicato no apoyó a ningún candidato en la elección presidencial.) “Los sindicatos y los Teamsters, si no tienen [la frontera sur] cerrada, no van a existir,” dijo Trump a los periodistas después. “No van a poder existir.” En los meses siguientes, los Teamsters tuvieron asambleas públicas por todo el país, donde sus miembros hablaron sobre los méritos de cada candidato. Para muchos, el comentario de Trump sobre que los Teamsters perderían sus empleos resonó más que los temores a una legislación nacional anti-sindical.5 “Si tuviera que elegir entre el sindicato y el país,” dijo un Teamster partidario de Trump, “elegiría a la nación, porque si estos ilegales nos quitan los empleos, no habrá un sindicato.”

Al comienzo, O’Brien intentó responder, invocando la retórica de una “nación de inmigrantes.” “El sindicato Teamsters apoya a los trabajadores inmigrantes porque todos venimos de personas que vinieron de diferentes países,” dijo O’Brien después del discurso de Trump en la sede del sindicato. Pero desde entonces, ha cortejado a xenofobos racistas como el presentador de Fox News Tucker Carlson. Notoriamente, O’Brien dio un discurso en la Convención Nacional Republicana. Después de su discurso, O’Brien le dijo al comentarista de extrema derecha Sohrab Ahmari que “en lo que podemos trabajar juntos, no hay razón para que se traze una línea divisoria.” O’Brien no será el último líder sindical que adopte una visión tan limitada del sindicalismo, y la extrema derecha está tomando nota. 

O’Brien ha sido descrito como un “sindicalista empresarial militante” por su estrategia agresiva, de arriba hacia abajo, lanzando luchas contractuales audaces y nuevas frentes organizativas en todo el país—de cierta forma un retroceso a la época dorada del sindicato, antes de la desregulación, cuando los oficiales visten en trajes planchados y negociaban arduamente. Si la huelga de fin de año de los trabajadores de Amazon organizada por los Teamsters muestra el valor de este enfoque sindicalista empresarial, el flirteo de O’Brien con una administración abiertamente antisindical revela sus defectos. Por su parte, O’Brien se ha presentado como un inconformista político, dispuesto a hacer lo que se tenga que hacer para proteger los interés de su membresía. (A menudo aparece en público con una camiseta que dice “Teamsters contra Todos.”)

O’Brien justifica este continuo contacto con los republicanos como una respuesta a la voluntad de sus miembros. Esta es una excusa conveniente, porque esa “voluntad” está determinada por la democracia sindical, la interacción entre los trabajadores y sus líderes electos. La voluntad de la membresía no es una conclusión inevitable que simplemente se transmite de las bases a la dirección, sino un proceso más dinámico—presentando una pregunta, explicando lo que esta en juego, y permitiendo que los miembros decidan el curso de acción. Si, como escribió una vez A.J. Muste, los sindicatos deben ser un ejército y una asamblea pública, esto es lo que significa crear una cultura sindical democrática. Después de la elección presidencial, Presidente del sindicato United Food and Commercial Workers (UFCW) Local 3000 Faye Guenther dijo que el sindicato reunió a cientos de miembros para debatir cómo pasar a la ofensiva y defender a los nueve mil miembros inmigrantes del sindicato, incluida la preparación para una posible huelga general en mayo de 2028, convocada recientemente por la UAW. “Los miembros debatieron cómo ambos partidos han fallado a la gente trabajadora, y como tenemos que actuar ahora para reevaluar el rol del movimiento obrero,” Guenther me dijo. “Este tipo de debate es lo que puede salvar a nuestra democracia y construir algo nuevo de las cenizas del control que tiene la clase multimillonaria sobre los Demócratas y los Republicanos. Escribimos, intercambiamos ideas, luchamos e hicimos algo que ningún candidato hizo lo suficiente—escuchamos a los pinches trabajadores.” Junto con los Trabajadores Eléctricos Unidos, Local 3000 también fue de los primeros en demandar un alto al fuego en Gaza, una demanda inicial que luego se convirtió en un llamado a poner fin a la asistencia militar a Israel, respaldada por sindicatos que representan a seis millones de miembros. 

Ni siquiera las reuniones de los Teamsters previos a las elecciones, organizadas a toda prisa y con poca asistencia, ofrecieron un diálogo significativo. Al final, O’Brien decidió cubrirse las espaldas e intentar conseguir acceso sin importar quién ganara las elecciones. Pero también han florecido pequeñas rebeliones. El Cuacus Nacional Negro de los Teamsters formo una oposicion fragemntada, a la que se union el vicepresidente general de los Teamsters, John Palmer, para respaldar la candidatura presidencial democrata. A esto le siguió Teamsters Contra Trump, un esfuerzo liderado por el movimiento de base Teamsters por un Sindicato Democratico. Y a nivel nacional, los consejos conjuntos y locales sindicales más de un millón de miembros respaldaron a Kamala Harris. Pero “si Sean O’Brien cree que puede llegar a un acercamiento con los republicanos de Trump, descubrirá que será extremadamente difícil llegar a un acuerdo,” señala el historiador laboral Nelson Lichtenstein.“Ninguna ala del capital…está dispuesta a aceptar cualquier política real que fortalezca a los sindicatos o mejore el bienestar de prácticamente cualquier sector de la clase trabajadora.”6

Sin embargo, el daño más grave del error de cálculo de O’Brien podría ser hacia el propio sindicato. Las bases del sindicato han estado construyendo vinculos con los trabajadores negros y latinos en todo el pais como parte del esfuerzo para prganizar a Amazon, donde las personas de color e inmigrantes forman la mayoria de la fuerza laboral. Durante la reciente huelga nacional del sindicato contra Amazon, trabajadores en dos de las instalaciones de la empresa en el área de Cincinnati se unieron a la huelga espontáneamente. Mientras tanto, solo ochenta millas al norte en West Jefferson, Ohio, trabajadores Haitianos en un centro de distribución de Amazon han ganado elogios de la empresa por su productividad agotadora, trabajando turnos de doce horas llenando cajas con productos. ¿Estos trabajadores no deberían ser un enfoque principal para la campaña sindical?7 En su lugar, O’Brien buscó ganarse la amistad de una campaña Republicana que demoniza a los mismos inmigrantes Haitianos en términos abiertamente racistas. Más recientemente—en las vísperas de las redadas de deportación de Trump y la propuesta de encarcelar a 30.000 inmigrantes indocumentados en la Bahía de Guantánamo—O’Brien invitó al senador republicano de Missouri Josh Hawley en su podcast de YouTube. “Creo que el problema principal es que la gente está tratando de proteger a los inmigrantes ilegales que vienen aquí y cometen delitos” y se “roban los trabajos”, y eso “es inaceptable,” dijo O’Brien. “Así es,” respondió Hawley.8

Trump vuelve a la Casa Blanca no solo como un jefe arquetípico e intolerante, sino como un esquirol conocido. Cruzó la línea de piquete de la Alianza Internacional de Empleados de Escenarios Teatrales en 2004; durante la huelga de pie de la UAW el otoño pasado, Trump habló con trabajadores de autopartes no sindicalizados por invitación del director ejecutivo de la empresa, como parte de una campaña de los fabricantes no sindicalizados contra la transición a los vehículos eléctricos. Sin embargo, el 43% de hogares sindicalizados votaron por Trump a pesar de las exhortaciones de la mayoría de los líderes sindicales. Como Slaughter recientemente escribió en Labor Notes, “si los votantes sindicalizados hubieran escuchado a sus funcionarios, las cifras de Trump habrían sido de un solo dígito.” Pero “los sindicatos no fueron lo suficientemente fuertes, en número o influencia con sus miembros, para marcar una diferencia en esta elección.” 

Esto no ha impedido que algunos líderes sindicales intenten una triangulación táctica con los republicanos. O’Brien ha usado su acceso a Trump para presionar para que la congresista republicana Lori Chávez-DeRemer dirigiera el Departamento de Trabajo. Chávez-DeRemer fue una de solo tres republicanas que copatrocinio la ley PRO, y mientras su récord en temas laborales es en su mayoría de quietud en lugar de acción, su apoyo a la financiación federal de la educación la coloca, no obstante, a la izquierda de la presidenta de la Federación Estadounidense de Maestros, Randi Weingarten. Como parte de su propio acercamiento conciliador a los republicanos, Weingarten no solo celebró la nominación de Chávez-DeRemer, pero hasta entretuvo la idea de abolir el Departamento de Educación, una prioridad a largo plazo del libertario Instituto Cato y sus similares. “A mis miembros no les importa si tienen la burocracia del Departamento de Educación o no,” Weingarten le dijo a MSNBC. 

Tal vez la apertura más sorprendente vino del presidente de la UAW Shawn Fain. Días antes de la inauguración de Trump, Fain publicó un artículo de opinión en el Washington Post anunciando que el sindicato necesita “estar en la mesa” cuando el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) se renegocia en 2026. “Esperamos encontrar puntos en común” con Trump “para revisar nuestras devastadoras políticas comerciales y reconstruir la industria manufacturera estadounidense”, escribió Fain, echándole la culpa tanto a los demócratas como a los republicanos. Este fue un cambio desconcertante por parte del líder que encabezó la huelga de pie en 2023, y quien habló en la Convención Nacional Demócrata con una camiseta que decía: DONALD TRUMP ES UN ESQUIROL.9

En diciembre, Dennis Daggett, vicepresidente ejecutivo de la Asociación Internacional de Estibadores (ILA, por sus siglas en inglés), (y heredero aparente a su padre, el presidente saliente Harold Daggett) elogió a Trump. “En más de veinte y cinco años trabajando en Washington, jamás he visto que un republicano asuma el manto de la clase trabajadora. El presidente-electo Trump me demostró ayer que estaba equivocado,” escribió Daggett en Facebook. Trump republico la nota en su red social Truth Social, agregando que “el dinero que se ahorra por [la automatización] no se acerca a la angustia, el dolor y el daño que casa para los Trabajadores Americanos, en este caso, nuestros estibadores.” Trump ofreció los puntos de discusión correctos, y en octubre, la huelga de tres días de la ILA gano un aumento salarial por hora prometido de $24 durante seis años y un regreso a la mesa de negociaciones para tratar cuestiones relacionadas con la automatización. La ILA desde entonces ha llegado a un acuerdo provisional para un contrato de seis años, por el que, según Daggett, “el presidente Trump se lleva todo el crédito.”

El movmimiento obrero ya ha pasado por este camino, señala Greg Nammacher, presidente del sindicato SEIU Local 26 en Minnesota, cuya base de membresía es 80 por ciento trabajadores inmigrantes. “Ya sea el sindicato de controladores aéreos con Reagan en los años 80 o algunos de los sindicatos con Scott Walker en Wisconsin a principios de los años 2000,” me dijo, æuna y otra vez, hemos visto que políticos respaldados por las corporaciones se acercan a las organizaciones laborales para tratar de dividirnos, pero a largo plazo, tomarán cada oportunidad para debilitar a esas organizaciones.” Lo que está en juego es más que ganancias políticas de corto plazo. “Si nos volvemos un movimiento sindical que solo intenta defender los salarios en el trabajo mientras el resto de nuestra comunidad es desmantelada,” continuo Nammacher, “perderemos el apoyo de nuestra propia membresía, y nos volveremos hasta más aislados como organizaciones y hasta más vulnerables al ataque en la próxima ronda.” 

En las raras ocasiones en que los representantes sindicales han tenido puestos altos bajo los presidentes republicanos, su mandato ha sido breve, frecuentemente terminando con recriminaciones y denuncias de mala fe. En 1953, el funcionario de la industria de construcción de Chicago Martin Durkin fue secretario de trabajo durante el gobierno del presidente Dwight Eisewnower, y formó parte del gabinete de este último, compuesto por “ocho millonarios y un fontanero.” Durkin intentó deshacer partes de la ley Taft-Hartley en 1947, incluyendo los juramentos de lealtad anticomunistas y la prohibición de los requisitos de contratación sindical. Pero cuando Eisenhower, que inicialmente simpatizaba con él, se manifestó en contra de estas reformas, Durkin renunció disgustado después de menos de nueve meses en el cargo. Una generación después llegó Peter Brennan, presidente del Consejo de Gremios de la Construcción de Nueva York. Después del muy publicitado “motín de los cascos de seguridad” contra los manifestantes contra la guerra en 1970, los republicanos intentaron cortejar a sectores conservadores de los gremios de la construcción, encabezados por Brennan, quien ofreció su apoyo a Nixon en la campaña presidencial de 1972, y fue debidamente recompensado con el puesto de secretario del trabajo en 1973. Por un tiempo esta alianza improbable pareció dar sus frutos. En los meses antes de la caída de Nixon por el caso Watergate, Brennan ayudó a obtener el respaldo republicano a un proyecto de ley que permitía a los sindicatos realizar piquetes en las obras de construcción enteras, algo que también había sido prohibido bajo Taft-Hartley. El sucesor de Brennan, John Dunlop, un economista pro-laboral que defendía lo que entonces se llamaba “relaciones industriales”, pensó que podría consumar el acuerdo, pero se vio frustrado cuando Ford se negó a convertir el proyecto en ley. Al igual que Durkin antes que ellos, Brennan y Dunlop duraron menos de un año en el cargo.


A lo largo de las décadas, mientras la fuerza del movimiento obrero ha aumentado y disminuido, y todos los líderes que buscan una causa común con los políticos de la clase dominante se han topado con un hecho simple: Estados Unidos es una sociedad dividida por clase, y para ganar, el movimiento obrero debe luchar de acuerdo con eso. Pero ahorita, solo una clase está en pie de guerra. Las personas mas ricas del mundo ya han ganado como bandidos desde la elección de Doanld Trump en 2024; Elon Musk por si vale ahora casi medio billón de dólares, más que el PIB de la mayoría de los países. Los valores de las acciones se han disparado para empresas como el prestamista en línea Money Lion; prisiones privadas, con la expectativas de encarcelamiento masivo de trabajadores inmigrantes; y compañías de criptomonedas, que apostaron fuerte en las elecciones. 

En los próximos cuatro años, el estado federal volverá a pasar de ser un guardián ocasional a un enemigo abierto de los derechos de los trabajadores. Dejando a un lado la elección simbólica de Chávez-DeRemer, Trump designará a la mayoría de los cinco miembros de la NLRB, lo que erosiona aún más su poder para hacer cumplir las protecciones laborales. Del lugar de trabajo hasta la sala de juntas y la Casa Blanca, los jefes a cada nivel tienen cada interés en desviar la ira de los trabajadores de los jefes hacia sus compañeros de trabajo inmigrantes y a sus vecinos, fracturando la solidaridad de clase y fomentando un nacionalismo racista. “Dudo que Trump tenga el interés o el plan para hacer un esfuerzo serio para dividir al movimiento obrero—y proporcionar los incentivos para hacerlo—como lo hicieron Nixon y Eisenhower,” me dijo Yeselson. Menos razón para que los líderes sindicales hagan la división por el. 

Kate Bronfenbrenner, de la escuela de relaciones industriales y laborales de Cornell, trazó una analogía con las consecuencias del 11 de septiembre y la aprobación de la Ley Patriota, que infundió miedo en los sindicatos de que se les considera antipatriotas. “En lugar de contraatacar, [los líderes sindicales] hicieron lo que el AFL hizo en los ‘20s: intentaron demostrarle al gobierno que no somos los alborotadores” dijo. “Y creo que vamos a ver una división entre los que enfrentan al gobierno y los que intentan hacerse más aceptables, pensando que eso los salvará.” El 8 de enero, el SEIU, que cuenta con dos millones de miembros, anunció que se reuniría al AFL-CIO, reparando una división de veinte años y creciendo la membresía que pagan cuotas a la federación a más de diez millones. Esta afiliación forma parte de un esfuerzo para defender a los trabajadores inmigrantes contra las redadas en el lugar de trabajo y las deportaciones masivas. “Los derechos de los inmigrantes son derechos laborales, y esta es una prioridad esencial para el movimiento obrero,” dijo la presidente del AFL-CIO Liz Shuler a Bloomberg. Estos son pasos importantes, pero como una fuerza organizativa, el AFL-CIO sigue siendo poco más que un peso muerto burocrático, así que su papel real aún está por verse. Los próximos cuatro años requieren que el movimiento laboral pase de su postura defensiva a una ofensiva militante. “Es el trabajo del movimiento obrero alentar una mayor militancia obrera en lugar de tratar de esconderse,” me dijo el presidente de United Electrical Workers, Carl Rosen. 

¿Cómo ocurre esto? Cómo pueden los trabajadores sumarse a la lucha militante y a la educación política, los esfuerzos organizativos y la acción política independiente. Nadie puede dictar un programa de lucha de clases, eso solo puede surgir de las batallas que se avecinan, mientras los trabajadores las libran. No hay formulas ni garantizas. Pero aquí hay algunas cosas que los sindicatos pueden hacer para reconstruir la capacidad de la clase obrera para luchar. Organicen escuelas de huelga por todo el país donde los trabajadores puedan aprender sobre la negociación abierta, la creación de equipos de acción contractual, y la organización de marchas contra los patrones. Ante las redadas en los lugares de trabajo que tienen como blanco a los trabajadores inmigrantes, organizan piquetes de defensa en los lugares de trabajo y en las comunidades. Patrocinen programas de educación política para los miembros de los sindicatos sobre por qué los intereses de la clase trabajadora se oponen a los de los patrones y sus amigos multimillonarios. Construyan solidaridad transfronteriza, porque el movimiento de los trabajadores es global en aspiraciones y membresía. 

Finalmente, el movimiento obrero puede recurrir a la inspiradora historia de la lucha de los trabajadores inmigrantes. A pesar del nativismo de los principales sindicatos, el periodo de repatriaciones forzadas de mexicanos en la década de 1930 no fue solo un episodio de trabajadores inmigrantes victimizados. Durante estos mismos años, nota historiadora Dana Frank, los trabajadores agrícolas mexicanos lanzaron huelgas junto con trabajadores japoneses, puertorriqueños y filipinos,  y “en 1933, sus esfuerzos [condujeron] a una ola de huelgas masiva por el sector de agricultura de California,” cuando “un total de 140,000 trabajadores salieron en 140 huelgas, desde recolectores de bayas en El Monte a recolectores de chícharos en el condado de Santa Clara.” Esto culminó en “una huelga de trabajadores de algodón en el Valle de San Joaquín, en que doce mil trabajadores—alrededor de tres cuartas partes de ellos mexicanos y una cuarte de ellos blancos, a los que se unieron afroamericanos y filipinos—renunciaron. Los huelguistas lograron un aumento de sueldo de 25 por ciento,” escribe Frank, “en el punto más bajo, económicamente, de toda la Depresión.”

Más recientemente, en 1994, el gobernador de California Pete Wilson intentó conseguir el apoyo de maestros y trabajadores de la salud a la Proposición 187, que negaría servicios sociales estatales a trabajadores indocumentados. Pero junto con las comunidades inmigrantes, estos trabajadores opusieron una resistencia feroz: en marzo de ese año, diez mil miembros del sindicato y más de cien mil manifestantes latinos llenaron las calles de Los Ángeles en una marcha masiva contra 187. “La batalla contra 187 fue un momento que puso a prueba la fortaleza de líderes laborales,” escribió el organizador laboral Peter Olney, porque “fue políticamente peligroso marchar contra 187 con mexicanos y sus banderas y sombreros y mariachis.” Aunque la medida finalmente se aprobó, unos años después fue declarada inconstitucional. Y, sobre todo, al tomar posición y asumir el riesgo de una verdadera solidaridad, los líderes sindicales y los miembros ampliaron su base y profundizaron su fuerza. Si no hacen lo mismo ahora, perderán la próxima generación de miembros de los sindicatos. 

La gente no corre esos riesgos por los demás a menos que se sientan implicados en una visión más amplia de la pertenencia social y el bien común. Esto, en turno, requiere una política de clase militante que demuestra—no sólo declara—que nuestros destinos están atados a través de la lucha colectiva. En periodos pasados de reacción anti sindical, el movimiento obrero ha solido replegarse aún más hacia el seccionalismo y la autoprotección. Ampliar y expandir el sindicalismo de lucha de clases no es, entonces, un sueño utópico, entonces, sino una necesidad práctica. Dondequiera que el poder corporativo huya en busca de mano de obra barata para explotar, debe encontrarse con el poder de los trabajadores, sea cual sea su color o país. Como nos recordó el difunto Mike Davis en Old Gods, New Enigmas, “las Nuevas Eras Oscuras nos exigen soñar viejos sueños de nuevo. Hay una leyenda sobre una especie de oruga que solo puede cruzar el umbral de la metamorfosis al ver su futura mariposa.”

—Traducido por Natascha Elena Uhlmann

  1. Esto no significa que la compañía haya dejado de tomar represalias por completo. En enero, Amazon anunció que cerrará siete almacenes en Quebec, después de que trabajadores ahí se sindicalizaran. En lugar de continuar empleando a trabajadores directamente, Amazon planea revertir a un modelo anterior de subcontratación de sus operaciones de distribución en la zona. Esta medida drástica fue, perversamente, una respuesta a la fuerza de la legislación laboral canaidense: a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, Amazon se habría visto obligada a negociar un acuerdo de negociación colectiva con sus trabajadores, o, de lo contrario, recurrir al arbitraje. ↩

  2. Hay más matices en este punto. Moody señala que “la mayoría de los mercados laborales son por naturaleza, regionales. Es así que SEIU organizó a los conserjes en Los Ángeles. La densidad es importante, pero se puede exagerar. La densidad nacional baja es más una señal de debilidad que una causa. Después de todo, la mayoría de los grandes aumentos en el crecimiento sindical comenzaron cuando la densidad era muy baja: 1886, 1901, 1933–37. Además, hay dimensiones clave de la densidad, por industria y geografía, que pueden ser más importantes que la densidad nacional. ↩

  3. Cuando los trabajadores de construcción plantean sus preocupaciones sobre los trabajadores inmigrantes no organizados, no se les debería reprender simplemente por caer en una trampa nativista: la mano de obra no sindicalizada más barata, inmigrante o no, socava su poder de negociación. Pero la respuesta es organizar a los posibles esquiroles en las obras de construcción, no excluirlos. ↩

  4. Hoy, mientras las redadas se dirigen contra los trabajadores agrícolas en California, la UFW está al lado de los trabajadores indocumentados, denunciando los esfuerzos para sembrar el miedo. “Ha tenido un efecto muy escalofriante en la comunidad entera”, dijo Antonio De Loera-Brust, portavoz de la UFW. “Hay mucho miedo, mucha ansiedad para todos con un ser querido indocumentado, que es una porcion significante de la comunidad latina en Kern County.” Antes de las elecciones intermedias de 2018, seis uniones representando a 3.5 millones de trabajadores, incluyendo a los Teamsters, se unieron para formar Familias Trabajadoras Unidas, una coalición para defender a los titulares del Estatus de Protección Temporal. ↩

  5. Es difícil medir el verdadero grado de apoyo de las bases a Trump. En una encuesta informal en línea realizada por el sindicato, casi 60 por ciento de miembros de los Teamsters se decantaron por Trump, mientras que solo el 34 por ciento eligieron a Harris. El bando de Trump “señaló el resultado como un respaldo efectivo de las bases del sindicato,” señala el escritor y Teasmters Jason Flynn en la revista Long-Haul, pero “en realidad, ningún lado pudo generar entusiasmo significativo o actividad entre los miembros.” “Sólo 2.5 por ciento de nuestra membresía” participó en la encuesta, y “probablemente menos de 3 por ciento de Teamsters participaron … de alguna manera” en el procedimiento del respaldo. ↩

  6. En este sentido, O’Brien no es un caso aislado en la historia reciente del sindicato. “Richard Nixon, Ronald Reagan, y George H.W. Bush recibieron el respaldo del sindicato,” señala Lichtenstein. Aun así, esta lealtad no ha sido absoluta. “En 2014 cuando los republicanos de pensilvania intentaron sin éxito pasar un proyecto de ley privando a los sindicatos de empleados públicos de la deducción de cuotas,” escribe Lichtenstein, “el blog oficial de Teamster Nation respondió con un titular: ‘Somos Teamsters, somos Republicanos, y votamos—pero no por políticos anti-obreros.” ↩

  7. Eso no significa que la etnicidad por sí sola defiende contra la división, ni se diga el nativismo, como se ha visto en el brusco giro hacia Trump tras grupos demográficos en las elecciones del año pasado. Inmigrantes como Gompers o Latinos como Chavez no fueron inmunes. Mas alla de los consulos de presuntas soliraridades  etnicas y raciales, el contenido de melanina de las perosnas de color no nos hace menos permeables a la reaccion. La solidaridad no se puede dar por sentada, se crea a través de la lucha vivida. ↩

  8. Teamsters por un Sindicato Democratico aun no ha respondido a las declaraciones de O’Brien, pero ha emitido una declaración que subraya el compromiso del sindicato a defender a sus miembros “a pesar de su estatus migratorio.” ↩

  9. Incluso dejando de lado la viabilidad política de esta alianza nefasta, centrarse en los acuerdos comerciales como culpables por la deslocalización no considera el panorama general. “Los Tres Grandes abandonaron al país para irse a México hace muchas décadas, mucho antes que NAFTA y los el T-MEC,” señala Jeffery Hermanson, ex director organizativo en el Centro de Solidaridad del AFL-CIO en México. “Es la avaricia corporativa que hace que los empleos se trasladen al extranjero,” me dijo Hermanson, “y aprendí hace mucho que la mejor manera para luchar contra la avaricia corporativa y los salarios de miseria es organizar a los trabajadores donde estén.” De hecho, la UAW se ha comprometido con asistir la organización independiente de trabajadores automotrices en México, donde el movimiento laboral principal está bajo el yugo de los sindicatos corporativistas y las reformas de la legislación laboral han sido en gran manera ineficaces. Aun así, refugiarse tras muros nacionalistas, físicos o económicos, directamente socava estos objetivos. “Sin un apoyo complementario de solidaridad de la clase trabajadora transfronteriza,” dijo Hermanson, la política proteccionista se convierte en “una defensa ‘patriótica’ de ‘nuestros’ capitalistas,” en lugar de una defensa internacionalista de los trabajadores. ↩


If you like this article, please subscribe or leave a tax-deductible tip below to support n+1.


Related Articles

More by this Author